La historia de Sigüenza en femenino


El 15 de octubre se celebra el Día Internacional de la Mujer Rural con el objetivo de visibilizar la importancia de la mujer y del papel que desempeña en el desarrollo social y económico local. El Archivo Municipal de Sigüenza un año más se une a esta celebración, rescatando del olvido las huella femeninas de la historia, para dar visibilidad y reconocer la aportación a la construcción de la  historia local de las mujeres que dejaron su estela en la documentación y son un referente que es totalmente necesario para poder trazar las líneas de nuestro tiempo presente y proyectar el futuro de la mujer seguntina.

Al incorporar a las mujeres a la Historia de Sigüenza, no sólo rehacemos su imagen largo tiempo nublada, que hasta ahora había permanecido oculta, invisible a los ojos de los investigadores, asistiendo a los acontecimientos históricos en segundo plano, ausentes de la tradición historiográfica, que olvida no sólo  sus nombres  sino incluso el papel que las mujeres han desempeñado en el discurrir de la vida cotidiana.

En el archivo municipal la documentación empieza en el siglo XVI, por lo tanto no tenemos ningún tipo de información que nos permita reconstruir la historia de la mujer en los siglos medievales. Pero a partir de la época señalada,  si que podemos poner de relieve su participación activa en la sociedad de su tiempo.

Tradicionalmente, los roles de género han estado muy diferenciados y muy limitada la presencia de la mujer en la actividad local. La vida de la mujer estaba circunscrita al ámbito familiar y las ventanas de su casa eran prácticamente su único vínculo con el exterior. Poco salían de casa, salvo para cumplir con los preceptos religiosos, ir a por agua a la fuente, lavar la ropa en el lavadero,  acudir al mercado semanal y poco más.

Sin embargo, a través de los testimonios que muestran los documentos, podemos afirmar que la mujer seguntina ha participado en la economía local. Unas por su   trabajo, recibieron una remuneración a cambio, que le permitió mantener, con muchas estrecheces, la siempre precaria economía familiar. Otras, la mayoría de las veces, trabajaron sin recibir reconocimiento alguno, sin nada a cambio, porque se consideraba que las tareas  que realizaban, de apoyo al trabajo masculino, formaban parte de sus labores domésticas, lo cierto es que terminaban realizando un doble esfuerzo: trabajando en casa y en el campo o en el taller.

A finales del siglo XVI, comienzan a aparecer las primeras huellas con nombre de mujer: las panaderas. Más de cuarenta había en Sigüenza: Justa, Juliana, Cecilia…, recogían el grano, se encargaban de todo el proceso de trituración de harinas y cocción del pan en hornos y, en más de una ocasión dejaron sentir sus voces reclamando una indemnización por la subida de los precios. Un tema, el económico que también afectaba a las mujeres que trabajaban en las tabernas de la ciudad. El vino lo servían las mujeres en las tabernas, pero ellas no lo consumían en su interior, porque no se les permitía el acceso a ese tipo de ocio plenamente masculino. En casi todas las tabernas despachaban las mujeres,  como Isabel de Pozancos o Antonia, encargada de la conocida Taberna del Bodegón, que estaba situada próxima a la Puerta de Guadalajara. Las goteras y el estado casi ruinoso del edificio le trajeron más de un quebradero  de cabeza y, ante el riesgo de perder clientela, no tuvo más remedio que pedir ayuda al Concejo, para rehabilitar el tejado. A ella le sucedieron otras mujeres con igual brío, alrededor del año 1777, Pascuala y, cuando los achaques de la vida se lo impidieron, fue su  nieta, de nombre María, quien se arremangó para servir el vino y sacar sustento para cuidar a la abuela con la que convivió hasta el final de sus días,  en la primera década de 1800.

El transporte de mercancías estaba considerado como un oficio tradicionalmente masculino: los arrieros se movilizaban en recuas de un lugar a otro. Aunque   sabemos que  hubo varias mujeres, como María, que a fines del siglo XVIII viajaba ayudada por su hijo Juan,  y Teresa, que en 1802 transportaba vino y, en más de una ocasión se le avinagró con la consiguiente  pérdida económica. Otras mercancías también llegaban por este medio a la ciudad para abastecer el comercio local. Había tiendas que vendían  productos  de los llamados de primera necesidad, a cargo de mujeres, como  la de Antonia, donde se trajinaba todo tipo de especias y fruta variada, la de Manuela, se podían adquirir lienzos y todo tipo de mercería para la costura; había alguna mujer que comerciaba sus propios carneros.  Cuando el hielo, además de ser una necesidad para la conservación de alimentos, se convirtió en ingrediente de refrescos para apagar la sed, Francisca abrió una botillería en la Plaza Mayor, donde vendía aguas frías azucaradas y leche con miel.

Las labradoras se contaban en número importante, en su mayoría eran viudas con escasos recursos, en aquellos siglos se acostumbraba decir que “al fallecer el marido se llevaba consigo la llave de la despensa”, en clara alusión a la situación de extrema pobreza en que quedaba la viuda. Mujeres que doblaban su espina al sol, para arañar la tierra y obtener una cosecha para alimentar a su familia. Una casilla, en el prado de los ojos o en el de San Pedro, colmaban sus expectativas  de  hacer despensa para abastecerse todo el año.  Ellas, viudas, sin quererlo, sin desearlo, tomaron las riendas de su hogar, a veces compuesto por los hijos y algún que otro sobrino, y de la explotación familiar y, al convertirse en cabezas de familia sus nombres fueron anotados en cuantos censos, catastros y repartimientos fiscales se llevan  a cabo, por eso son el colectivo que más visibilidad tienen en la documentación: más de un centenar a fines del siglo XVIII.

Todas ellas en algún momento tuvieron necesidad de elevar sus súplicas al concejo municipal, en instancias y cartas firmadas con nombre de mujer  que nunca escribieron ellas de su puño y letra, ni firmaron, porque no sabían hacerlo, cuestión que en ocasiones quedaba indicada por el amanuense, al pie del escrito. No les quedaba más remedio que acudir con alguna moneda,  producto de su huerta o pieza del corral al escribano. El acceso a la educación de la mujer en Sigüenza, fue tardío,  no se produjo hasta  los años  1788 – 1789, fecha de las primeras solicitudes que envían las candidatas a maestras al concejo municipal. Fueron varias las aspirantes a una plaza que tenía un programa educativo diferente y  una remuneración bastante inferior a la del maestro de niños. Casi todas, salvo alguna honrosa excepción, eran más costureras  que maestras de escritura. El arte de la aguja era símbolo importante de la actividad femenina y ellas alardeaban de su  habilidad en  coser, zurcir, bordar y cortar camisas y, esa carencia de instrucción en letras, se revelaba en sus cartas,  más de una escrita de mano de su marido. Aún quedaba un trecho muy largo por recorrer…

Hoy las historiadoras nos sumergimos en estas huellas femeninas del pasado para estudiar de cerca los usos y costumbres, las diferentes mentalidades,  la  religiosidad, a los sentimientos más íntimos que afloraban ante determinadas situaciones y a las numerosas dificultades que tuvieron que salvar las mujeres rurales de aquellos siglos para poder vivir en una sociedad desigual. Reconstruir su papel como personas en la construcción de la Historia es una deuda que tenemos con ellas.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera municipal de Sigüenza